
Benjamín Franzani
En este artículo comparto mi proceso creativo de escritura y cómo nació la saga de fantasía épica Crónicas de una espada.
Sobre escritura e inspiración en Crónicas de una espada
Cuando me preguntan por mi proceso creativo, no sé bien qué decir. Claro, podría eludir la cuestión fundamental limitándome a explicar los métodos que he aplicado para prolongar y plasmar esa idea que en un momento vino a mi cabeza, es decir la “técnica”. Y esto podría llegar a ser útil, eventualmente, para alguien que quisiera tomar la pluma. Pero al mismo tiempo, eso no responde a la cuestión que suele interesar más a quien nos interroga: “¿de dónde sacaste esa idea?” o incluso “¿qué te lleva a escribir?”.
Lo que llamamos inspiración y su prolongación en el tiempo, el proceso creativo, es algo tan difícil de definir y con manifestaciones tan mudables que todo lo que voy a decir ahora sobre Crónicas de una espada —esa saga de fantasía épica escrita en cinco Cantos que tuve la dicha de publicar— tiene que tomarse de un modo simplemente referencial, amplio, flexible… mutable.
En este artículo:
- Qué es Crónicas de una espada y qué tipo de historia quiso contar.
- Cómo entiende Benjamín Franzani la inspiración y el proceso creativo.
- De qué influencias, lecturas y experiencias nació su mundo de fantasía.
- Qué papel tuvieron Damián, Julián, Néoplon y Calicles en la idea madre de la saga.
- Cómo trabaja entre la intuición, la brújula y el mapa.
- Qué consejos concretos extrae hoy de su experiencia de escritura.
Inspiración, intuición y proceso creativo
En general, me parece que no hay fórmulas fijas, ni explicación completa a cómo narramos y a por qué narramos. Es algo profundamente humano —vivimos contándonos historias: nuestra memoria misma es una narración que nos hacemos de nuestra vida— y al mismo tiempo es una experiencia que sobrepasa nuestra propia experiencia. Hay en el arte algo de inasible, hay en la intuición algo que no se sabe de dónde viene, algo en la inspiración que pareciera venir de otra parte, y que es muy difícil, si no imposible, de delimitar. Por algo las Musas de los antiguos eran seres divinos, y por algo los trovadores del medievo atribuían al duermevela —ese estado de semiconsciencia— propiedades verdaderamente poéticas.
Qué es Crónicas de una espada
Crónicas de una espada es la historia de una gesta en un mundo de fantasía épica medieval. Algo así como si asistiéramos en vivo a los hechos en los que luego se inspirarán los cantares heroicos de un mundo que no conocemos, “las Tierras Occidentales”, y que al mismo tiempo, espero, es un mundo que da la sensación de ser muy nuestro. Una profecía, un Imperio que se deshace, una espada legendaria en manos de quien no parece meritarlo y una aventura que se desarrolla a golpes de heroísmo, no solo del protagonista, sino de todos. Si se quiere, podríamos decir que la historia que se desarrolla en esos cinco Cantos y que sigue los avatares de Damián y Julián es el “mito de refundación” del Imperio de Dáladon.
Todo eso son cosas que pueden decirse ahora que la historia está terminada y publicada, pero que no necesariamente estaban en mi intención explícita al momento de comenzar la aventura de escribir. También podría decirse que la novela mezcla esquemas como el del arco del héroe, la novela de iniciación, las características de la alta fantasía y lo que podría llamarse un “heroísmo coral”. Pero en realidad, todo esto fue algo que tomó forma poco a poco, y que no necesariamente estaba en la idea original. Yo no comencé a escribir, por allá a mis 15 años, sabiendo lo que era un arco narrativo o en qué consistía el viaje del héroe o el tópico de la novela de iniciación. Más aún, algunas de las características que entonces me parecían “esenciales” y que ayudaron a la historia a crecer, no llegaron hasta la versión final. ¿Quiere decir eso que a medio camino cambié de opinión y terminé escribiendo una historia distinta de la que tenía en mente al principio? Sí y no.
Una historia que crece como un organismo vivo
A veces pienso en el crecimiento de las historias como si fueran un organismo vivo, que tiene sus procesos naturales: como una planta, que crece al ritmo de los cuidados del autor. La semilla no se parece al resultado final. En los estados intermedios del desarrollo quizá haya que enderezar el brote con la ayuda de un palo que hace de guía y que, a pesar de su importancia, al final ya no es necesario y se tira cuando el brote ha dado lugar al tronco del joven árbol… y sin embargo, aunque la encina centenaria no se parezca a la bellota que se entierra, toda ella estaba en la semilla. Toda, pero no toda: porque una encina no es igual a otra y las condiciones que se dan en el camino de su vida, como el sol, la lluvia y la posición respecto de los otros árboles, dejan también su huella en su forma final.

Divago, ya lo sé. Sin embargo, lo que he dicho tiene su importancia, puesto que escribir Crónicas de una espada fue una experiencia distinta a la que he tenido luego con otros relatos. Posiblemente una experiencia irrepetible también. La razón es simple: al mismo tiempo que Crónicas crecía, crecía también yo. Es de pleno derecho una obra de juventud, iniciada por un chiquillo de 15 años y acabada por un egresado de Derecho de 23. Ya se imaginará el lector cómo afecta a una historia el acompañar al autor por todo el proceso de su propio descubrimiento personal. Es por eso, más que probablemente, que al centro de la trama está justamente la cuestión de la identidad para los protagonistas, de su lugar en el mundo: la idea de misión. Metafóricamente —y quizás no tan metafóricamente— vivía yo al escribirla mi propio “arco del héroe”.
La visión que estaba detrás de la historia
Y con esto hemos tocado un punto importante. Como yo veo el proceso creativo, la inspiración no se limita simplemente a un esquema narratológico —contar una historia entretenida, original e inventiva— sino a una cierta visión, aunque sea confusa, de “algo” que escuece, que se quiere transmitir. Una intuición que está viva en el autor, que quiere compartirla, porque en el fondo toca algo de universal.
Cuando comencé a escribir Crónicas yo estaba vertiendo en las páginas todo un mundo de imaginación. Un mundo alimentado por novelas de aventuras como las de Julio Verne, con mundos paralelos como el de Narnia, con historias de mito y leyenda como las del Silmarillion y El Señor de los Anillos, por la idea de un mundo de fantasía al que se puede cruzar, como en las novelas de Ende y, por qué no decirlo, también por producciones épicas de películas que sitúan la acción “hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana”. Además, tenía entonces una cierta noción de una larga tradición de heroísmo occidental que había llegado a mis oídos de manera oral o visual: historias sobre los caballeros —y los monjes guerreros— de la Reconquista, de los que me había hablado alguna vez mi padre, la fascinación por el viaje de Dante en la Divina Comedia y por los endecasílabos del Orlando Furioso de Ludovico Ariosto y todo lo que había podido ver y vivir durante un intenso año y medio que pasé en Roma, entre los 13 y 14 años.
El Reino de la Imaginación
Digo que ponía en las páginas un mundo de fantasía y no lo digo de manera metafórica. En aquel entonces existía en mi cabeza todo un Reino de la Imaginación, que además yo había “explorado” inventando juegos en el campo con mis primos, y recorriéndolo arriba y abajo con palos que creíamos espadas para liberar aquella tierra de monstruos y villanos. Yendo y viniendo por bosques y esteros nombrábamos los lugares que descubríamos en consonancia con esas historias de juego: el Valle de las Aves, la Isla del Mar de Espinas, el árbol del Monarca, el terrorífico Bosque de la Niña (y el más amable Bosque de la China), y tantos otros. Ahora bien, esa experiencia había servido para hacer germinar otro mundo que yo quería compartir. Esas “exploraciones” eran también sin saberlo un modo de conocerme a mí mismo, de compartir un mundo interior. Hoy miro hacia atrás y me parece lógico que aquello fuera una historia de identidad y misión. Y eso estaba en la semilla de Crónicas.

La idea madre: qué quería decir realmente
Mi proceso creativo tiene mucho de intuición, una intuición anclada en algunas ideas que creo que no son solo mías, sino que son experiencias capaces de ser compartidas. La inspiración puede venir de una idea o una imagen que despiertan la creatividad. Puede ser una “secuencia narrativa” como las que pueblan las distintas historias tradicionales —y en esto me ayuda mucho mi profesión de literato dedicado a la Edad Media— o un dibujo hecho a mano alzada. Esas ideas e imágenes se acumulan, y en algún momento empiezo a conectarlas. Tengo una ruma de papeles con pequeñas “sinopsis” con el potencial de algún día ser implantadas en las Tierras Occidentales de mis novelas. De momento, todo eso se acumula, y puede que lleguen o no a ser una historia independiente.
Lo más importante es tener claro qué es lo que se quiere decir. Todo lo demás puede ir cambiando en el camino, reconectándose o separándose. Si hay una cosa que tenía yo clara al comenzar Crónicas era el desarrollo que quería dar a la personalidad de los protagonistas —Damián y Julián, que ni nombre tenían entonces— y el combate final. Eso, y la característica fundamental de Néoplon, el arma legendaria que esgrime Damián. Todo lo demás era bruma, potencialidad. Pero en esa tríada —Damián-Julián-Néoplon— enfrentada al terrible enemigo —Calicles— ya estaba todo: las personalidades de los dos protagonistas, complementarias. La misión de Damián, que debía descubrir el misterio de su espada. La de Julián, como guía y compañero. Y el significado de la espada. Todo ello resume el problema y el mensaje que yo quería transmitir, incluso si ese mismo mensaje lo comprendo mucho mejor hoy que entonces. Normal, puesto que lo que es universal nos supera, y escribir —o dibujar o esculpir o componer música: adentrarse en el arte— es un ejercicio de descubrimiento de verdades más grandes. Sí, uno también se descubre a sí mismo, pero no es solo introspección: es trascendencia. Y por eso, se puede compartir con otros.
Cómo se puebla un mundo narrativo
En el “poblamiento” del mundo de la novela las fuentes pueden ser variadas. Ya puse más arriba algunas de las influencias que me llevaron a escribir. Ocurre otras veces que, como me gusta dibujar, un mismo personaje viene y reviene una y otra vez al lápiz, y termino por inventarle una historia, como ocurrió con los caza-dragones (que de momento no son más que una entrada de mi blog) o con Bertrand y Aelis, cuya historia espero contar algún día. A veces, es simplemente un dibujo al margen de un cuaderno, en un momento de distracción, como Clara, la mujer con la que se topa sir Edward en el primer libro de El Caballero Verde. A veces un dibujo terminó siendo luego una escena de Crónicas, como la entrega de la armadura de Arnaldos a Damián, hecho mucho antes de saber que eso iba a pasar.
Aunque todo esto que he dicho es solo puntapié inicial: uno tiene una idea y los momentos de inspiración van impulsando y conectando en esa línea, pero son efímeros en sí mismos. Para llevar adelante el proyecto, se requiere planificación.
Brújula, mapa y esqueleto de la historia
A veces se distingue entre “escritores brújula” que van descubriendo su historia a medida que la escriben, y “escritores mapa”, que tienen todo “cartografiado” desde el inicio. Yo creo que al explorar uso tanto la brújula como el mapa. Antes de sentarme a escribir, hago siempre un esquema, las grandes líneas de la historia. Si se quiere, el arco narrativo: cómo empieza, cuál es el problema a superar, cómo termina. Cuáles son las principales aventuras, los personajes fundamentales: el esqueleto de lo que quiero contar. Tomando en cuenta la idea a transmitir, cómo se pone en práctica en las personalidades de los personajes y sus interacciones. A esto le llamo el esqueleto de la historia, y puede ser tan sencillo como una página garrapateada.

Luego, el esqueleto necesita carne: eso se lo voy dando al escribir, al enfrentar la página en blanco. Allí, dejo que la brújula me guíe: a veces avanzo poco, a veces mucho. A veces la historia toma vueltas que yo no sospechaba y se me complica la vida: dejo hacer a los personajes. Róberick de Angrados, por ejemplo, personaje fundamental de Crónicas, no fue planificado. La historia misma de la saga, que debía tener según el primer esquema, como objetivo la liberación de Siar, la ciudad natal de Damián y Julián, terminó por ser algo totalmente distinto. Hay que permitirse flexibilidad narrativa, sin perder de vista el horizonte fundamental, que es esa idea madre que uno está insuflando y que lleva al final deseado, pues la historia entera está contenida en cómo se termina: un final no se improvisa. Una bellota no se transforma en pájaro, sino en encina. Esta coherencia es fundamental, y para eso sirve el “esqueleto”, el mapa. Luego, el detalle se ve capítulo a capítulo.
Como el pensamiento no es lineal (al menos no el mío) y uno salta de una idea a la otra en entrelazamientos de referencias, cuando escribo voy anotando abajo, en cursiva, las ideas y conexiones que se me vienen a la cabeza y cuyo momento no es el ahora de la escritura. Eso me permite ir generando microesquemas que tienen mucho de intuición, que están muy vivos.
Consejos concretos de escritura que me dejó la experiencia
- Ser constantes. Cuando comencé Crónicas escribía cuando se me venía en gana. Avancé, por consiguiente, muy poco durante años. Cuando me sentaba tenía que vencer una inercia acumulada inmensa, porque pasaba un buen tiempo a releerme para saber dónde estaba… Todo cambió cuando comencé a usar un sistema más claro: una hora de escritura semanal —luego, hora y media— seguida por un tiempo de corrección al día siguiente. No es mucho. Los escritores profesionales hacen mucho más que eso. Pero la clave fue hacerlo todas las semanas. Y entonces, la historia despegó, pues tenía la cabeza metida en ello: durante la semana se me ocurrían cosas y seguía haciendo conexiones que llegaban luego al papel. Así se avanza.
- Dejar reposar. Luego, es muy importante dejar reposar, incluso por un periodo más o menos largo. Hacer otra cosa y volver a lo escrito unos meses después: releer y valorar, las cosas se ven con otros ojos.
- Hacerse leer y aceptar la crítica. Hacerse leer es importante también, y estar abierto a la crítica. He aprendido mucho más de las tres o cuatro personas que criticaron duramente mi novela que de las decenas que me llenaron de cumplidos. Aquí, nada de vanidades artísticas: hay que tener el cuero grueso, como decimos en Chile —más bien decimos cuero de chancho, pero eso se entiende menos en español estándar— y aceptar los puntos de vista distintos. Así se crece.
- Saber soltar. Hoy tengo 36 años, y un doctorado en Literatura y Civilización Medieval. Cuando releo las páginas de Crónicas hay muchísimas cosas que quisiera cambiar, reescribir. Y no lo digo a la ligera: el bueno de mi editor tuvo que disuadirme, con razón, de un intento de reescritura del Canto I. Creo que uno siempre va a estar un poco insatisfecho de su obra: es que uno sigue creciendo y ella ya no refleja exactamente lo que uno era al acabarla. La criatura ha nacido y tiene su propia vida, lista para ser vivida por otros cuando la lean. Hay que dejarla ser y seguir adelante, contento de haberla engendrado.
Crear también es explorar el mundo
Llegado a este punto, mirando hacia atrás, quizá uno comprenda que lo que ha hecho es más que escribir una historia entretenida (¡y eso ya sería gran cosa!). Crear es una manera de explorar la propia interioridad, y también de explorar el mundo. Si se quiere hacer literatura que venza al tiempo (no sé si lo he logrado, pero esa es la ambición) la propia reflexión sobre el mundo debe ser profunda como la propia escritura.
De hecho, ese crecimiento del mundo de Crónicas de una espada terminó abriendo también historias paralelas. Una de ellas es Orencio y Eloísa, una novela corta ambientada durante la caída de Siar, centrada en quienes no lograron huir de la ciudad.
Escribir por necesidad lúdica y artística, sí, pero como lo hace el ser humano, llenando todo de sentido, de presencia. Creo que eso es lo que, al final, mueve mi “proceso creativo”. Allí está, en definitiva, la Musa que me lleva a contar historias, tanto cuando dibujo como cuando escribo.
Para reseñadores
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